de Sandra Araguás
El cerebro de Antón está
siendo bombardeado por el Alzheimer, igual que su pueblo fue destruido por las
bombas en junio de 1938. Su memoria cada vez tiene más agujeros, como las casas
de su pueblo que él recuerda, destruidas sin tejados. La enfermedad hace que
Antón reviva una y otra vez el dolor de dejar su casa, de despedirse de su
mujer y del beso que esta le dio. Su nieta solo puede observar cómo el gran
hombre que fue su abuelo se va apagando, al mismo tiempo que ella se convierte
en la heredera de una casa, de una familia y de la memoria de la huida de la
población civil en la Bolsa de Bielsa.
